Reflexiones sobre las pinturas de Marianne Dillmann
por Deirdre Query
Cuando uno se adentra en las pinturas de Marianne Dillmann siente que entra en un mundo mágico. Utiliza la forma para crear una sensación de misterio e intriga. Es difícil pasar de un cuadro a otro, pues que infinitas capas de profundidad e interés por explorar. De este modo, el observador de su arte queda hipnotizado a medida que se revelan velo tras velo de sutileza.
Marianne ha conseguido captar la belleza, la ternura y la creatividad del mundo. Provoca en el observador una sensación que se remonta a 14 mil millones de años, a la aparición del espíritu en la materia. Lo que Marianne retrata no es la fuerza aterradora de este estallido de energía infinita en la materia, sino la dulzura, la vulnerabilidad y el amor que sustentan toda la creación. Su arte es una declaración positiva del papel de la sutileza y la calidez expresada en un lienzo que contiene la paradoja de la incertidumbre y la ambigüedad del ser.
A veces se verá arrastrado por extensas olas de luz y perspectivas cambiantes, que reflejan la fuerza de un mar ondulado o la belleza arremolinada de las nubes con contrastes de turquesa y naranja. Se detendrá cuando descubra una forma misteriosa, preguntándose si se trataría de un animal o tal vez de una flor. Entonces se habrá sumergido en un mundo de ensueño durante unos instantes, sintiéndose un Dios que se pregunta por el misterio y la belleza de lo que le espera en el siguiente lienzo.
































